2/16/2010

BARQUIN: EL CIUDADANO SOLDADO

Foto Ramón Barquín y López cortesía American Military Academy



Por Alfredo M. Cepero .


El Coronel Ramón Barquín y López falleció el año pasado en su patria adoptiva de Puerto Rico pero nunca dejó de amar y servir a su añorada Cuba. Y aún desde la tumba la sigue sirviendo a través de su libro “Mis Diálogos con Fidel, Raúl, Camilo y el Che”. Una narración analítica y certera sobre la forma de pensar y actuar de los principales actores de la tragedia de medio siglo que ha devastado física y moralmente a la nación cubana. El libro puede ser adquirido en la Librería Universal, en Miami, o a través de Amazon.com .


Conocí a Ramón Barquín a principios de 1961 en Miami cuando el coronel se desempeñaba como jefe militar del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP) que dirigía el Ingeniero Manolo Ray. La organización mantenía un campo de entrenamiento militar en el pueblo de Naranja, cerca de Homestead, en la Florida y allá fuimos a parar Luís Posada y yo que, a la sazón, compartíamos un cuartucho en el desaparecido Hotel Columbia de la ciudad de Miami.


En el campamento nos congregamos un abigarrado destacamento de abogados como Jorge Beruff y Sila Cuervo, militares rebeldes como Pepe Perez Alamo y Pepe El Toro, estudiantes como Augusto Maxwell y Ramón Barquín hijo, y campesinos como “El Guajiro Hilario”, de quién nunca llegue a saber el apellido. Así fue como, unidos por el amor a Cuba y por nuestro propósito de contribuir a su libertad, nos integramos mas tarde a la Brigada 2506.


Desde un principio Barquín me inspiró simpatía, confianza y respeto. Su hablar pausado, ademanes modestos y habilidad para escuchar a los demás lo sacaban completamente del estereotipo generalizado sobre los militares. Parecía más bien un diplomático que un militar. No en balde su carrera dio un giro inesperado y lo sacó del cuartel para llevarlo a lo más altos niveles de la diplomacia como Agregado Militar de Cuba en Washington y como Vice-director del Estado Mayor Conjunto de la Junta Interamericana de Defensa, durante el gobierno de Carlos Prío Socarras.


Cuando se produjo el fatídico golpe de estado del 10 de marzo Barquín se encontraba en Washington y se propuso renunciar a su cargo pero fue convencido por sus amigos de que, dentro del ejército, podría ser más útil a la restauración de la democracia en Cuba. En esa labor fue descubierto el 3 de abril de 1956 en un intento de derrocar la dictadura de Fulgencio Batista que pasó a nuestra historia con el nombre de “Conspiración de los Puros”. Y puros, dignos y patrióticos fueron los esfuerzos de Barquín y una docena de oficiales que se le sumaron a lo que bien podríamos considerar como una versión adelantada de los acontecimientos que tuvieron lugar recientemente en Honduras. El caso insólito en nuestro continente de militares arriesgando la vida no para llenar sus bolsillos sino para servir a su pueblo.


En el curso de su organización de la asonada militar Barquín y sus compañeros suscribieron un documento que pudo haber sido escrito por patriotas de la estatura moral de Carlos Manuel de Céspedes o Ignacio Agramonte. Después de estipular que su objetivo era formar un gobierno integrado por personalidades civiles y convocar a elecciones en el breve plazo de seis meses, los complotados se comprometieron a no aspirar a posiciones electivas y a presentar la renuncia de sus cargos en las fuerzas armadas. Para desgracia del pueblo cubano la conspiración fue delatada por uno de los participantes y los “puros” fueron a dar a las celdas inmundas de la Cárcel de Isla de Pinos donde cumplieron dos años y medio de privación de libertad.


Avanzada la tarde del primero de enero, después de la fuga del dictador, Barquín se presentó en el Campamento Militar de Columbia con el objetivo de mantener el orden y prevenir baños de sangre. Sus palabras recriminatorias al General Eulogio Cantillo merecen ser citadas: “Entiendo que ustedes, los coroneles y generales, tenían que haber derrotado a los guerrilleros fidelistas en nombre del gobierno dictatorial que sostenían, o haber derrocado al dictador en nombre del pueblo que se lo pedía; pero, desgraciadamente no hicieron ni lo uno ni lo otro, sino lo peor: proteger la fuga de Batista”


En ese mismo momento, el dictador sucesor, todavía en Santiago de Cuba, ignoraba las llamadas de Barquín desde la Habana para coordinar las actividades encaminadas a una transición sin violencia. Castro, como sabemos, estaba mas interesado en la consolidación de su poder absoluto que en la paz para el pueblo de Cuba. Por el contrario, declara una huelga general y manda a toda velocidad a Camilo y al Che a tomar Columbia y la Cabaña respectivamente. Ante el hecho consumado, de un Tribunal Supremo que había reconocido a Urrutia como Presidente, la euforia de un pueblo enamorado del “ídolo” y la posibilidad de más derramamientos de sangre, Barquín entrega el mando a Camilo quien había sido nombrado Jefe del Ejército por el nuevo presidente de Cuba.


A partir de ese momento, se inician una serie de entrevistas y conversaciones de Barquín con los personajes que aparecen en el título de su libro. Aunque siempre se negó a caer en la trampa de ser nombrado Ministro de Defensa, Barquín puso sus conocimientos al servicio de los líderes de la revolución, principalmente Camilo, en los primeros meses del proceso revolucionario. Sin dudas, con la esperanza de amortiguar el impacto sobre el pueblo de Cuba de la ignorancia, la improvisación y la maldad de los nuevos sátrapas.


Y cuando fue obligado a optar entre aceptar una cartera en el gabinete o salir de Cuba Barquín aceptó un cargo diplomático con objeto de sumarse a los esfuerzos que ya se realizaban en el exterior para liberar a Cuba de su nueva dictadura. Sin dudas tenía presente un encuentro con Fidel donde el tirano le dijo: “Con usted hay que tener mucho cuidado, porque lo van a tratar de utilizar de cabeza de la contrarrevolución”. Sus relaciones con estos delincuentes pueden ser sintetizadas diciendo que mostró cautela ante Fidel, recelo ante Raúl, desprecio hacia Guevara y una cierta simpatía hacia Camilo, a quien Barquín consideró una víctima de su ignorancia y de su admiración por Fidel Castro.


Todavía desde su tumba este cubano ejemplar nos muestra el camino hacia la creación de una nación donde cada ciudadano asuma la responsabilidad de defender la democracia sin las muletas de falsos líderes. En este sentido, nos dice: “La historia no absolverá a Fidel, pero tenemos que ver como construimos una Cuba nueva donde nunca pueda volver a surgir otro Fidel”. Y describe el papel del ejercito en una democracia diciendo: “Sigo siendo un fervoroso creyente en que las Fuerzas Armadas de una nación tienen que responder y ser obedientes al poder civil que es representativo de la voluntad popular”.


Los méritos y la capacidad del Coronel Barquín como militar quedan demostrados por una trayectoria que comenzó como soldado y ascendió a cabo, sargento y oficial por estudios y méritos propios. Pero por muchos que estos sean, las cualidades morales y cívicas de Ramón Barquín son muy superiores y hacen del militar un ciudadano soldado. Un ciudadano que obedece la constitución, defiende el estado de derechos y pone sus armas al servicio de la democracia. En fin, un ejemplo para enseñarle a nuestras futuras generaciones de militares cubanos que, como dije hace algún tiempo en uno de mis versos, “Hace falta soldados/en la mano el fusil/ y en la mente el concepto de respecto al civil/ hace falta el concepto de ser buen ciudadano/el respeto a la ley y a su guarda el soldado”.



Miami, Florida 2-16-2010

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