1/15/2010

EL ESCÁNDALO DE MAZORRA

Al triunfo de la Revolución, la propaganda del nuevo régimen favoreció especialmente los cambios en el Hospital Psiquiátrico de Mazorra.

Una y otra vez se repetían las imágenes escalofriantes de los enfermos semidesnudos y famélicos de la era anterior, cuya suerte había mejorado radicalmente gracias al recién inaugurado proceso.


Simultáneamente se exaltó la figura del Loquero en Jefe, doctor Bernabé Ordaz. Como demostraron los hechos, el combativo médico se convirtió en director vitalicio de la institución. Su influencia no estuvo limitada al centro asistencial: se extendió por todo el municipio de Boyeros, con visos de señor feudal.


El reciente escándalo del manicomio nacional (el de Mazorra, quiero decir) ha generado estupor e indignación en la ciudadanía. Se comentan con animación la corrupción generalizada, las comilonas casi diarias para los jefes mientras los pacientes morían de inanición, las casas fabricadas con materiales estatales, la sustracción de las colchas y otros artículos de abrigo.


Lo más impactante es la información sobre decenas de internos fallecidos de hambre y frío. Apabulla la imagen de grupos de dementes abrazados en el desamparo y la muerte, la idea de que haya habido que usar la fuerza para separar a unos de otros.


Al menos de inicio, los círculos oficiales han intentado silenciar el escándalo. Tras la gran mortandad, se celebró una reunión con los trabajadores, cuyo punto central fue el vano intento de imponer el silencio mediante la coacción.


¿Y la prensa castrista? Bien, gracias. Si los ciudadanos se han enterado del gran lío no ha sido por el Granma ni por el noticiero de televisión. Ese honor ha correspondido a la perseguida prensa independiente y a emisoras radicadas en el extranjero.


No obstante, debemos estar prevenidos. El cerebro de los Randys y los Taladrid es sumamente fértil. Quién sabe si en las próximas horas tendremos que escuchar sesudas explicaciones, ratificadas por distinguidos facultativos de aspecto muy serio, en las cuales se “demuestre” que los fallecimientos se deben a otras causas.


Por eso no está de más destacar que, a raíz de la matanza, al centro asistencial transformado en campo de exterminio llegaron camiones del Ejército cargados de comida y colchas para los enfermos. Obviamente, esto implica un reconocimiento tácito del papel central que la falta de alimentos y de abrigo desempeñó en la tragedia.


Si los señores de la Mesa Redonda optaran por invocar la crudeza del invierno cubano y el microclima de Boyeros, habría que decirles que en un hogar de ancianos atendido por las monjitas de la Caridad, enclavado en el mismo municipio, nadie murió.


¿Y qué dice de todo esto el señor Ministro de Salud Pública? Hasta el momento no se conoce de ninguna reacción suya. Es una pena, porque el caso lo amerita. Y ampliamente.


Un amigo mío solía repetirme que, en este tipo de régimen, los dirigentes no renuncian. Pero me parece que el escándalo de Mazorra bien merece una excepción. Si Carlos Valenciaga tuvo que cesar en su cargo por celebrar su cumpleaños, ¿qué sería lo justo para el responsable superior del desastre del manicomio?


Héctor Palacios comentaba que, en cualquier país civilizado, una catástrofe como ésa conduciría al cese en el cargo del ministro del ramo. ¿Pensará renunciar el doctor Balaguer Cabrera?


La Habana, 14 de enero de 2010.


René Gómez Manzano

Abogado y periodista independiente

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